El milagro de Merceditas

Llevaba años escuchando lo mismo y aconsejando lo mismo. Todo en ese pueblo era predecible. Deseaba que por lo menos una persona se atreviera a confesarme alguna de sus perversiones. No tenía que verme a los ojos, el confesionario ofrecía muchas ventajas, pero se había convertido en un lugar infructuoso. Sin embargo, cierta tarde llegó un hombre. Si lo juzgara por la voz, diría que tenía más de 60 años. Me confesó que hace mucho tiempo participó en una orgía donde tuvo relaciones con mujeres y hombres. Nadie en el pueblo me había hecho una confesión de ese tipo. Le dije que se fuera tranquilo, pero él seguía hincado. Quizá se desconcertó con mi respuesta. Antes de levantarse me preguntó cuál era su penitencia, le respondí que su sinceridad lo había absuelto.

 

Después de dos semanas ese hombre volvió a la capilla. Me confesó que hace muchos años se fue a California donde trabajó como actor pornográfico y consumió drogas; a sus familiares les dijo que trabajaba pizcando chícharos y su mayor conflicto era seguir cargando esa mentira. Le dije: – Acuérdate, el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra, pero si lo que realmente te libera es decírselos, adelante. Luego le pregunté: – ¿Sigues consumiendo drogas? Me respondió que no. Me quedé pensativo, le dije que su historia me había recordado un filme que vi hace muchos años, Boogie Nights. Al instante él me preguntó casi aseverando ¿Oiga Padre, esa película viene en un estuche que dice El Milagro de Merceditas, verdad? Me quedé pasmado, ¡cómo era posible que supiera eso! Enseguida añadió: – Lo que pasa es que yo trabajo en una tapicería y hace unos días llevaron un sofá de la Sacristía que estoy por terminar. Cuando quité el cuero vi que adentro había varios DVD´s, entre ellos Boogie Nights.

 

Cuando escuché eso, no creía semejante casualidad. Le comenté que en nuestra diócesis eran muy rigurosos y algunos sacerdotes teníamos que recurrir a eso. Antes de pedírselo, él me dijo que sería discreto y que vería la película.

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