¡Ayer maté a un hombre!

¡Ayer maté a un hombre! Maté a un hombre débil, aquel que iba rumbo a casa, ese mediocre que perdió su trabajo por alcohólico, que destruyó lazos familiares por violento, que se quedó solo por idiota. Lo seguí hasta su domicilio, un lugar fúnebre con olor a soledad y alcohol barato, estaba tras él hasta llegar a ese lugar despreciable, crucé la puerta y dentro las decoraciones de la sala, en la pared fotografías de la familia mostrando relaciones superficiales, cuadros con figuras mal formadas, en el suelo había botellas de licor e ilusiones destrozadas, subí por las escaleras conduciéndome hacia la habitación que da hasta el fondo, abrí la puerta, la cama destendida, sueños rotos alrededor, un eco abrumador, el aullido de un perro y un hombre con lágrimas en los ojos, acobardado, derrotado y tranquilo mientras mi cuchillo favorito con mango en forma de salmón rebanaba su cuello. Después del acto observé en el reflejo de la ventana como me desangraba y moría rápidamente a mis 32 años al mismo tiempo que caía ese objeto punzo cortante al piso.

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