El Moreno

El olor a tierra mojada invadía a El Tabachín, el rancho donde nació Andrés y que también fue la tierra de sus antepasados.

Era el día de La Guadalupana, la patrona del rancho. En la capilla todo estaba preparado para honrarla.

El sacerdote llegó con un paso tembloroso a oficiar la misa. Muchos esperaban todo un año para entrar de rodillas al altar y pedirle a la Virgen algún milagro o agradecérselo.

Después de terminada la misa, las personas comenzaron a sentarse en las bancas que estaban en el atrio para disfrutar de la danza de Los Matlachines. Unas señoras mandaron a sus niños a la tienda a comprar dulces para estar comiendo mientras disfrutaban del espectáculo. Luego de unos minutos llegó un joven cargando una canasta repleta de mandarinas para quien gustara comer.

Los danzantes comenzaron a colocarse los penachos. Andrés llegó con la máscara de El Moreno puesta, una combinación de viejo y arlequín. No dejó de observar a la gente que llegaba al atrio, en cualquier momento llegaría su madre. Era extraño que no hubiera asistido a misa.

La danza comenzó y Andrés empezó a divertirse. Perseguía a los niños; les quitaba el sombrero a los ancianos y se los colocaba a un perro vagabundo; corría como loco; saltaba y bailaba como no lo hacía en años.

A mitad de la danza llegó su madre, traía puesto un rebozo negro y se sentó en una de las bancas. Se acercó a ella, sin decirle nada y en cuclillas, contempló su rostro de cerca. Por unos instantes se arropó en su mirada. Tomó sus manos y las besó, muchos se rieron, nadie imaginó que ella era su madre. De repente, llegó un hombre corpulento, le arrancó la máscara y gritó: ¡Yo soy El Moreno! Algunos de los presentes se quedaron boquiabiertos. Lo habían reconocido. Andrés, con lágrimas en sus mejillas, salió huyendo, pero finalmente lo atraparon. Volvió a ese rincón frío y húmedo donde la esquizofrenia lo volvió a acorralar.

Andrés llevaba ocho años encerrado en un cuarto que su familia mandó construir para recluirlo cuando él tenía 16. Su trastorno mental era un gran riesgo para los demás.

Todos los días, una mujer que había sido contratada por la familia, le llevaba los alimentos. Ocasionalmente, le pedía a Andrés que se pasara a una jaula de metal para ayudarlo a bañarse.

Extrañamente, en los últimos días, él había comenzado a tener períodos de lucidez. El día de la danza logró escapar. Cuando faltaban unos metros para llegar a las primeras casas del rancho, Andrés vio que El Moreno se alejó de la gente para orinar detrás de una cerca. En ese instante aprovechó para golpearlo en la cabeza con una piedra. Su única intención fue ser El Moreno para estar cerca de su madre.

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