Herraje

Con pesadumbre entra a su casa, lanza el portafolio al sillón, se desanuda la corbata, la avienta sin ver dónde cae, camina arrastrando los pies hacia su despacho, empuja con desgano la puerta para entrar, busca con la vista el control remoto del pequeño equipo de sonido, lo encuentra sobre los libros desperdigados en la mesa de centro. Da play con el control remoto. Camina hacia la pequeña cantina de su despacho, se sirve un trago, decide llevar la botella al escritorio. Se sienta en la silla que ahora le parece incómoda, mira la fotografía donde ella sonríe feliz, vacía de un largo trago su vaso, sigue mentalmente la música, tararea entre dientes la letra, sabe que ella llegará en cualquier momento; descubrió que esa canción era una invocación, la cantaban juntos desde sus años estudiantiles. Cuando termina la balada, vuelve a darle play con el control remoto. Dice su nombre, una, dos, tres veces; nombrándola trata de conjurar la soledad, el dolor, el vacío de su ausencia. Cierra los ojos, intenta verla con su mejor vestido, con la sonrisa con que lo enamoró. Busca rememorar el olor de su cabello, recuperar el tacto de su piel. Va al escritorio, vuelve a llenar su vaso.

Siente su presencia. Ella aparece súbitamente sentada en el sillón, le sonríe; con un movimiento le pide se siente a su lado. Esta bella, radiante. Lo recibe con un beso, lo abraza, enreda su cabello entre sus manos, él aspira profundamente el olor de su piel, se llena los pulmones, retiene la respiración para que no se le olvide el aroma. Se termina la canción, él vuelve a dar play, cantan juntos con voz baja. Él la invita a bailar, se levantan, a paso de vals recorren el estudio, como cuando nos casamos le susurra al oído, ella ríe, se acurruca entre sus brazos. Él busca besarla, ella tierna le corresponde y empieza a desaparecer, desesperado ciñe el vacío que ella deja. Se derrumba en el piso, llora en silencio. Lo alerta el silencio del despacho, se levanta, manipula el equipo de sonido, vuelve a iniciar la canción; busca su vaso, se sirve derramando el vino, vacía el vaso de un trago, se vuelve a servir, se deja caer pesadamente en el sillón, cierra los ojos, susurra la canción, poco a poco se va quedando dormido.

Entra a su casa, avienta el portafolio sin ver dónde cae, se desanuda la corbata, camina rápidamente hacia su despacho, empuja de un golpe la puerta para entrar, programa el equipo de sonido para que la canción se repita infinitamente, aprieta play, automáticamente la música suena. La silla le sigue pareciendo incómoda. Lleva días esperando su presencia, ella no aparece. Primero susurra su nombre, después lo grita hasta quedarse sin voz, le pide se aparezca, nada se mueve en su despacho, solo la música inunda lo que para él es un vacío.

Sale del despacho. Sube de dos en dos los escalones para llegar a su recámara, ágilmente une cuatro corbatas, fija la tira de corbatas al herraje de la escalera. Con el dogal al cuello salta al vacío. Después del último estertor, la ve al pie de la escalera, ella sonríe como siempre. Él se acerca, la abraza fuertemente, ella lo invita a bailar; como cuando nos casamos le susurra al oído, los dos ríen, se saben felices. Bailan por toda la casa traspasando las paredes. La música sigue sonando… Si una tarde de abril no regresas, si me agita una nueva marea, bajo el sol tenderé el recuerdo de ayer, y entonces buscaré otra nueva vereda.

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