Pruebas de calidad

Despiertas en el abismo, en medio del vacío, en completa oscuridad. No puedes ver absolutamente nada. No sabes cuánto tiempo tenías sin dormir. Estas en posición fetal con los tobillos atados entre sí y las muñecas también. Tus manos están cubiertas con guantes. Llevas una mordaza en la boca. Intentas gritar pero el grito se oye dentro de ti, afuera solo es un leve gemido. Callas un momento. Crees escuchar el vuelo de una mosca. Es mejor que lo ignores. No quieres que lleguen. Date cuenta, estas solo.

Te pones de pie y avanzas con pequeños saltos, pero algo te detiene. Caes inevitablemente; escuchas el crujir de tu hombro derecho. Después de dolerte buscas lo que provocó tu caída. A tientas distingues que una cuerda sale del amarre de tus tobillos. El otro extremo está sujeto al piso. Jalas esa cuerda infinidad de veces sin conseguir liberarte. Te levantas de nuevo y permaneces de pie ante la oscuridad. Te vuelves consciente del entorno; sientes su frío y el vacío que asecha sin hacer un solo ruido. Estas dentro de un agujero negro.

Escuchas un golpeteo que viene hacia ti, como una pelota que rebota a lo lejos; golpe, golpe, pausa, golpe, golpe, pausa. Es el preámbulo, la advertencia. Lo percibes. Es tu corazón preparándose, luego llega el bufar de tu respiración y ambos aceleran. La pelota rebota con mayor intensidad, ritmo y cercanía. Lo que viene después es el pitido, ese alfiler sonoro e interminable que se encaja despacio en tus oídos.

Te falta aire e inhalas con más fuerza. Tu respiración cubre por un instante el ruido del alfiler. Tu corazón ahora trota y el alfiler deja de existir. Desearás que regrese, porque cuando el pitido se va, el mareo llega en su reemplazo. Te sientes como un péndulo invertido buscando su centro, meciéndote de un lado a otro. Caes de nuevo. El mareo sigue ahí y la pesadez del cuerpo te mantiene sujeto al piso ¿o será el techo? Quieres levantarte pero no logras conseguirlo. El techo te absorbe ¿o será el muro? Sientes su textura de superficie metálica, fría, con perímetros rectangulares que enmarcan el vacío interno; tu nariz cabe en aquellos orificios. No logras escuchar nada. No hay nadie detrás del muro. Tu corazón bombea con fuerza y empuja tu pecho contra la malla. Quieres salir. Lo mismo desean tus intestinos, oyes el regurgitar de sus paredes dentro de ti. Los acompaña el ruido de la sangre que recorre tus brazos y piernas; la punta de tus dedos resuena, imaginas su carne abriéndose a causa del tránsito dentro de las venas hinchadas. Sientes como el bombeo de la sangre choca en la frontera de tus uñas. Cuentas las pulsaciones del corazón e intentas calcular el tiempo. Los muros son golpeados con más fuerza.

Muy pronto comienza un sonido agudo, un pequeño ruido eléctrico, diminuto. Son tus nervios manteniéndote alerta, son esas pequeñas hormigas recorriendo cada centímetro de tu superficie. Caminan por las palmas de tus manos, tu espalda, tu cuello. Se agrupan detrás de las orejas, trepan por ellas y entran a su hogar, a su madriguera. Sientes sus patas encajándose dentro de ti. Viajan al interior de tu columna, se expanden por los entramados caminos, llegan a tu piel y salen por los poros para regresar de nuevo a casa en un ciclo interminable.

No soportas estar más tiempo en la oscuridad. Tienes que salir de ese lugar. A lo lejos escuchas los pasos de una cucaracha, quiere comer, tiene hambre de hormigas. Intentas moverte pero tus pies siguen pegados. Con fuerza te apoyas en tus antebrazos, te levantas sobre ellos y arrastras tu cuerpo, avanzas lento. Escuchas algo distinto, es el parpadeo de tus ojos; son como dos esponjas llenas de agua que se aplastan, los cierras con fuerza para no escucharlos más. Sigues moviéndote. El insecto está cerca. Oyes sus tenazas y continúas arrastrándote. Sientes que alguien te observa, son tus ojos colgados del techo atentos desde lo alto. Son testigos de tu miedo y de tu búsqueda de una salida. Tu cuerpo avanza, pero tus piernas ya no pueden seguirte, los sujeta la pata de una araña. Haces un esfuerzo y te arrastras y jalas y continúas y logras avanzar. Recientes un crujido en la cintura. Tus piernas se desprenden del tronco y solo queda un hilo que las une, como el hilo de viseras del aguijón clavado de una abeja. No importa, continuas, tienes que salir.

Sabes que nada es real, pero la saliva brotando de la mordaza y tus gruñidos estridentes dicen lo contrario. Tampoco mienten las cigarras que chirrían a lo lejos, están viendo el arrastre de un gusano que cubre su organismo con venas expuestas. Pones atención. Te alerta algo distinto: son tus músculos que gritan cuando se tensan. Tu piel tornada hacía afuera se lamenta en cada movimiento, cada arrastre, cada vez que es raspada en la malla y deja pedazos de ti entre los orificios. Te aturde el goteo de la grasa del cuerpo cayendo al vacío. El ruido de tu sangre, salivaciones, la orina, tus viseras, se tragan a la cucaracha, a las hormigas, a las cigarras. Eres una masa palpitante, una larva que busca salir de la oscuridad, pero poco a poco se ablanda y se reduce a una sustancia viscosa que se cuela por el piso. Extiendes lo que queda de tu brazo, avanzas un centímetro más, el desgarre de media plasta de ti suena acuoso. Eres caldo de huesos, carne remojada, eres el pan reblandecido en la garganta ácida de una mosca.

Te das por vencido y quieres diluirte por completo. Entonces la noche se hace día e invade todo. El infierno es oscuridad que carcome, es luz que incendia lo que toca. Cierras tus párpados lo más que puedes, pero el dolor ya escuece tus ojos. Escuchas que una puerta se abre. Detrás de ella proviene un grito balbuceante, sin forma. Dos siluetas caminan hacia ti; una de ellas te libera del piso, la otra te pone una capucha en la cabeza. Regresas a la oscuridad y no estás seguro de agradecerlo. Te levantan y te sientes de nuevo completo, pero sin vida. Por el arrastre de tus pies sabes que te llevan a otro sitio. Gradualmente comienzas a distinguir sonidos. Escuchas su conversación. No eres el único. Te llevan a una celda vacía y permaneces encerrado sin concebir el tiempo. Pasas hambre, frío, momentos eternos de luz o de oscuridad. Escuchas las voces del pasillo y reconoces su forma de hablar; son soldados. Ellos vienen por ti y te interrogan una y otra y otra vez. Distingues una voz lejana, dice que la cámara anecoica esta lista, pide bajar la temperatura para lograr un mayor efecto. Dice que no le importa el límite sugerido, el confinamiento de una hora es suficiente.

Ellos no quieren que duermas y tu no quieres hacerlo. Por eso hablas contigo mismo, para que no llegue el silencio donde habitan los insectos. ¿Escuchas? Otra vez vienen por ti. Diles lo que quieren saber, sí, diles lo que ellos quieran. Termina con esto. No quieres regresar a ese maldito cuarto oscuro. No quieres verlos de nuevo. No quieres sentir sus patas y tenazas. Cada vez es diferente.

 

 

Cuento trabajado en el Tercer encuentro de narradores de Aguascalientes.

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