Aquí y Ahora

– Despierta.

Ignoré su voz como todas las mañanas, permitiéndole a mi mente arroparme para seguir durmiendo cinco minutos más.

– ¡Despierta! – insistió.

Me incorporé al instante, o al menos lo intenté, un terrible dolor en la espalda detuvo mi movimiento. La urgencia en su voz me recordó que esta no era una mañana cualquiera. Al primer vistazo supe que no estaba en nuestra cama, sino en la oficina, un rascacielos con ventanales por paredes. A través de ellos pude ver bolas de fuego gigantes cayendo del cielo. Toda el ala oeste estaba en llamas a consecuencia de una de ellas, la misma que me había tirado al suelo inconsciente. El lugar era una sinfonía de llanto y gritos histéricos. Era el fin del mundo. Aquí y ahora.

Entrelazando sus dedos con los míos, me ayudó a levantarme torpemente.

Una nueva llamarada impactó a unos metros de nosotros, rompiendo una, dos, todas las ventanas de ese lado.

– Corre, – le dije apretando su mano. Él obedeció como si hubiera estado esperando esa señal.

No dijimos más, sabíamos exactamente hacia dónde nos dirigíamos.

No hubo ningún titubeo cuando se terminó el piso y continuamos corriendo en el vacío como un par de caricaturas.

Treinta y dos pisos bajo nuestros pies parecían una eternidad y un suspiro al mismo tiempo.

Lo volteé a ver mientras caíamos sin soltarnos. Él me miraba sonriente.

Solté una carcajada mientras el viento sacudía nuestra ropas y el fuego continuaba cayendo a nuestro alrededor.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *