No más puntadas para el décimo

Se cumplían nueve años de la muerte de su esposo. Comenzaba a anochecer, cuando la señora Rebeca regresó del cementerio. Cada año, era una costumbre que al llegar a casa, se pusiera a bordar en un retazo el número de aniversario luctuoso para luego aventárselo a su perro y ver cómo lo desgarraba. De alguna manera, encauzaba su rencor, pues su esposo había sido atropellado por un automovilista imprudente cuando iba en bicicleta rumbo al trabajo. Cuando la señora Rebeca estaba por terminar de bordar, hizo una pausa para ir al baño. Al regresar, el bastidor no estaba en el sillón, ¡se quedó pasmada! Por un momento creyó que su esposo le enviaba una señal, pero luego escuchó un alboroto en el patio central de la vecindad. Al recorrer la cortina y asomarse por la ventana abierta, vio que un zorro corría por el segundo piso y llevaba en el hocico el bastidor. Presurosa salió al patio y subió a perseguirlo. Los vecinos se quedaron boquiabiertos cuando escucharon a la señora Rebeca, gritar:

-¡Maldito zorro, regrésame eso! ¡Ayúdenme holgazanes! –Les dijo a unos muchachos que platicaban en el pasillo.

El zorro no paraba de correr; se metía entre las macetas; saltaba entre los tendederos de ropa hasta que de un gran salto bajó al primer piso. Unos niños intentaron atraparlo, pero el animal logró escabullirse, llevándose el bastidor; con pericia cruzó el río que se encontraba a unos cuantos metros de la vecindad. Después de ver eso, la señora Rebeca entró a su casa, se acostó en su cama con los zapatos puestos, lloró y blasfemó hasta quedarse dormida. A partir de ese suceso, ella dejó de bordar cada 19 de junio.

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