Crines en el atrio

¡Malditos mezcales! No debí adelantar el festejo por mi próxima titulación. Intenté dormir, pero no podía. No quería despertar a mi esposa y escuchar su letanía de reproches por andar ebrio. Salí de casa y me acerqué a la orilla del arroyo. Estaba a punto de vomitar cuando a lo lejos vi a una mujer lavando ropa. Me pareció extraño que lo hiciera en plena madrugada. Tallaba la ropa sobre la piedra de manera incesante. No se alcanzaba a percibir el largo de su vestido holgado, pues esté se hundía entre las raíces y el agua; sus mangas eran largas, sin arremangar. Un rebozo le cubría el cabello. Regresé a casa y las náuseas desaparecieron.

Solo por curiosidad, a la madrugada siguiente salí al arroyo. El colérico viento encorvaba las copas de los sabinos. Ahí estaba ella. Sigiloso me aproximé. Distinguí que no era tela lo que tallaban esas manos. Parecía concentrada hasta que una mula descarriada llegó a beber. La mujer se alteró y comenzó a agitar con sus manos el agua que corría frente a ella, como si no quisiera dejar rastro de algo. Metió al chiquihuite lo que estaba enjabonando y se marchó. La estuve siguiendo un largo tramo. Una víbora se atravesó en el camino, después de esquivarla, retomé el sendero y aceleré el paso. Llegué a una zona donde la abundante maleza me retrasó. Al principio la arrancaba lo más rápido que podía, pero luego me detuve. Temí que la mujer estuviera ahí, detrás de las hierbas, esperándome. Aun así, continué caminando otro trecho. Faltaba poco para acercarme a un barranco por lo que decidí regresar. No comprendí cómo ella pudo continuar.  

Esa mujer tenía algo que me intimidaba, pero también emanaba de ella un magnetismo desbordante.

Era la tercera madrugada. Salí una hora antes, deseaba verla llegar, y así fue. Salió del camino por donde se había ido la otra noche. Portaba el mismo vestido largo, arrastrándolo un poco, pese a que era alta. Vi su rostro de cerca, tenía unos sesenta y tantos años. De cuerpo delgado y facciones toscas. Se arrodilló frente a la piedra donde tallaba. Mientras más observaba más me convencía que era la crin del cuello de un caballo lo que lavaba y el chiquihuite estaba repleto de éstas. Su mirada se mantenía fija en el agua como si estuviera viendo algo. El trance me daba oportunidad de acercarme por detrás y saber qué era lo que veía, pero el miedo me cercó, no me atreví a dar un paso. Desde ese rincón traté de escudriñarla. Ella volteó hacia mí. Nada me había estremecido como los ojos de esa mujer, desprendían fuego. Caí desmayado.

Por la mañana desperté desconcertado, ¿qué hacía yo tirado en el arroyo? Pronto recordé porque estaba ahí. Llegué a casa. Mi esposa seguía dormida. Me preparé un té para relajarme. Quería olvidarme de todo, fue inútil. Sus ojos, que eran como llamaradas, se habían cincelado en mi memoria.

El fin de semana, mi esposa y yo salimos del pueblo. Debía entregar mi tesis a la tutora para una última revisión.

El lunes por la tarde estábamos de regreso. Nos sorprendimos al ver desde una esquina la iglesia derrumbada. Entre montones de escombros y cenizas, los niños ávidos de encontrar cosas no dejaban de escarbar. Estacioné el auto cerca del lugar. Preguntamos a una de las vecinas si sabía el motivo del incendio. Nos dijo:

– Fíjense que todo comenzó ayer en la misa de la noche. Escuchábamos la homilía y de repente el Padre dejó de hablar, se quedó pasmado viendo fijamente hacia adelante. Varios volteamos para atrás y vimos que había tres alazanes cobrizos en el centro del atrio, sin ensillar, quietos, mirando hacia el fondo de la iglesia. Pronto algunos hombres se acomidieron a sacarlos. Después de eso, ¡el Padre y la iglesia empezaron a arder! ¡Todos gritábamos y corríamos! La gente no se daba abasto trayendo cubetas con agua, pero gracias a Dios las llamas no alcanzaron las viviendas que estaban cerca. El Padre fue el único que murió, los demás alcanzamos a salir. Nadie supo qué fue de esos caballos. Hoy en la mañana vine a ayudarles a limpiar. A los que estábamos ahí se nos hizo raro que entre los escombros, hubiera crines en el atrio.

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