El trato

Fue un instante. El chirrido de las llantas sobre el pavimento, el metal crujiendo a mi alrededor, el impacto que rompió mis costillas y me dejó sin aliento. Todo en un sólo instante. Y entonces se detiene. Los sonidos del accidente a mi alrededor. El dolor. Incluso ese último bombeo de sangre del corazón. Todo se detiene.

—Te explicaré.

La voz surgió del asiento a mi lado. Volteo confundido, sabiendo que iba solo en el auto. Un hombre bien peinado, de camisa negra y pantalón de vestir me habla. Tiene la cabeza apoyada en el brazo derecho y sus ojos amarillos me miran con tranquilidad.

—Vas a morir. No te sorprende, lo sabes. Tu corazón está a punto de ser aplastado por el volante y, aunque será calificada como una muerte instantánea, dolerá. Dolerá tanto que desearás haber muerto antes —, se detiene un momento, permitiéndome sufrir con la idea. —Te ofrezco otra opción. — Su sonrisa es relajada y hermosa. La odio. Regreso la vista al frente y, ante mi duda, el momento retoma su curso en una insoportable lentitud y siento el dolor de cada una de mis costillas en cámara lenta.

— De acuerdo.

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Abro los ojos. Estoy ciego, la obscuridad a mi alrededor lo comprueba. Trato de tomar aire para controlar el creciente pánico. No, no es ceguera, son mis párpados que se niegan a abrir. Trato de frotarlos pero mis brazos tampoco responden. El pánico regresa y, con él, una claustrofobia desconocida. Mi cuerpo se niega a obedecer. Me encuentro atrapado en una jaula de carne mallugada y huesos rotos. Una prisión de negrura profunda y un mar de sonidos externos. Pasos acelerados, zumbidos y pitidos de máquinas, y el constante suspiro del respirador artificial que infla y desinfla mis adoloridos pulmones. Y su presencia. Puedo sentirlo de pie en el marco de la puerta, sonriendo y observando con sus ojos amarillos mientras mi esposa llora tomando mi mano. Se acerca y acaricia la cintura de mi mujer, nunca creí que sentiría hervir la sangre en sentido literal, él continúa con sutileza su recorrido, y el llanto de ella se detiene cuando sale rápidamente. De un salto lo siento caer sobre mi pecho:

—No regresará, — murmura conteniendo la risa.

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Ha pasado tanto tiempo que ya no tiene sentido, el día y la noche se fusionan y los segundos bailan al son de la locura. Incluso las visitas de los primeros meses han desaparecido. La única mujer que llora, es la convaleciente de la habitación de al lado. Pero él nunca se va. En las noches, cuando el trajineo del día se reduce y las enfermeras dormitan, puedo ver su sonrisa expectante. Su risa surge del silencio. Lenta, aguda, burlona. Su mirada pesa sobre mí. Y su risa aumenta, lacerando mis sentidos.

—¿Todo bien? —su aliento en mi oído me provoca temblores. Mi espalda está cubierta de llagas por el tiempo en cama y, la falta de movimiento, es tan doloroso como si hormigas recorrieran cada herida. Siento su mano suave recorrer mi pierna, la sangre adormecida parece responder al tacto y el ardor de su flujo es una nueva tortura. Grito, grito con todas mis fuerzas con mi garganta muda, desde mis dientes cerrados y lengua inmóvil. —Bueno, — su tono es optimista, — ¡Al menos no estás muerto!

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Ahora me acompaña, juega con mi carne, pinchando los moretones que empiezan a sanar hasta que vuelven a ser negros. Se divierte cuando algún mosco decide revolotear sobre mi cabeza y estalla en carcajadas cuando finalmente se posa en mi cara, dispuesto a picarme. Estoy seguro que es él quien atrae a esa joven pareja de doctores, a los que no les importa susurrar palabras obscenas y tocarse frente a un cuerpo inerte. Incluso la erección imposible y la falta de alivio es un martirio.

Pero su risa es la mayor tortura, ese sonido estridente que estremece mis oídos y siempre, siempre, azota mi cuerpo como si fueran latigazos. Lo percibo de pie frente a mí, riendo a carcajadas, con la camisa negra, su elegante pose y esos terribles ojos amarillos, puedo ver sus ojos amarillos clavados en mi suplicio.

—¡Vaya! ¡Ya era hora! — exclama alzando los brazos, con el tono de un adulto regañando a un niño. — Por fin te dignas a mirarme.

No puedo moverme, pero mis párpados por fin se han abierto, es una falla mecánica, como una persiana que se abre a la mitad del día sin que nadie la toque. Y ahí está él, justo como lo imaginaba.

—Te explicaré, — su hermosa y odiosa sonrisa decora su rostro, —no estás muerto, de hecho vivirás así durante años, ¡más allá de tu jubilación!, pero dolerá. Dolerá tanto que desearás haber muerto antes. Te ofrezco otra opción.

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Aún escucho su risa.

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