La carta

José escuchó el sonido, era un sobre deslizado por debajo de la puerta, el oído se le había agudizado en los últimos días, su cautiverio le había desgastado la moral; el hambre, el frio y la actitud cruel de su mujer le habían sembrado el miedo en su cuerpo. Gateó para llegar donde estaba la misiva, esta vez la cadena que lo sujetaba de un tobillo le pesó más que otros días, tomó el papel, buscó alumbrarse con un hilo de luz que se escurría entre la madera que tapiaba la ventana. Leyó:

Amado José:

¿Por dónde empezar? Siempre me gustaste, yo era tu amiga secreta en la secundaria, la que te mandaba chocolates en forma de corazón, quien dejaba mensajes amorosos en la paleta de tu banca sin que te dieras cuenta. En esos tiempos solo tenías ojos para Cecilia. Aunque yo suspiraba por ti, tú ni en cuenta. Fue hasta tercero que te dignaste voltear a verme, ¿qué fue lo que más te llamó la atención de mí? Yo lo sé, fue mi cuerpo de mujer, yo lo sé. Cuando vi que no te era indiferente me di mi importancia, no tan fácil te iba a hacer caso, lo fácil no se aprecia José.

Aun recuerdo los hermosos días donde me cortejabas, cómo me conquistaste con rosas, canciones de Emmanuel, Roberto Carlos y José José; con esos chocolates larín en forma de conejito que tanto nos gustaban, con nuestras caminatas en Chapultepec. Que ternura, que lindos tiempos. Los más hermosos de mi vida. Eras todo un caballero, muy atento, bien peinado, los zapatos boleados, siempre oliendo rico. ¡Ay José!  ¡Qué cosa es estar enamora! A todo dice uno que sí, por eso me casé contigo, por estar enamorada de ti.

Yo creo que tú también estabas enamorado de mí, pero los años, tu trabajo y tus descuidos nos tienen ahora así, en esta situación tan penosa para ambos. Afirmas que me amas, pero yo no lo veo José, debo de confesar incluso, que tampoco lo siento, desde hace tiempo empecé a sentir tu desamor y descuido. Porque el amor es de sentir y de ver José, no solo de decir. Tienes razón, a mí no me falta nada, ni que vestir, ni que comer, ni diversión, nada, no me falta nada de lo material ¿de qué vale todo esto, sino te tengo a ti?, Mí José fue desapareciendo poco a poco, ahora estoy casada con alguien que no sé quién es.

Al principio pensé que era normal que te echaras tus copitas los viernes, después se convirtieron en borracheras de fin de semana. Ya los domingos no querías hacer nada, solo dormir y dormir. Fui tolerante, aguanté y aguanté,… por amor José, porque te amo con locura. A las borracheras le sumaste no venir a comer durante la semana, pensé que era por trabajo como tú decías, te creí porque confiaba a ciegas en ti; fue una desilusión saber que me engañabas con eso de tu carga excesiva de trabajo. Después, coraje, rabia, ¡ira! Eso fue, una ira incontrolable encontrarte con esa tipa sentada en tus piernas mientras reían y comían un helado en Coyoacán. Sentí la cara roja, el cuerpo caliente y el corazón destrozado.

Debes de saber mi amado José, que ya me he encargado de ella, toda mi ira se la llevó con su último suspiro. Tú amado mío, te quedaras encerrado en esas cuatro paredes donde ahora lees esta carta, eres mío y nada ni nadie te va a apartar de mi lado.

Tu esposa que te ama con locura.

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