Bajo la sombra del framboyán

¿Quién será el miserable que timbra con tanta insistencia? Se preguntaba Leonor, luego de despertar de una siesta. Al abrir la puerta, se sorprendió al ver un grupo de cinco hombres cargando herramientas. Adelante de ellos, un hombre con saco de gamuza, preguntó:

— ¿Usted es la señora Leonor Sandoval Iturralde?

— Soy yo, ¿qué se le ofrece?

— Tenemos una orden de cateo —dijo el investigador mostrándole la orden escrita.

Ella no cuestionó el motivo y sin reparo, aceptó la inspección y su detención.

Después de dos horas de estar recluida en una celda de la comandancia, Leonor fue trasladada al cuarto de interrogatorios, donde el investigador la esperaba:

— Siéntese —le dijo con firmeza mientras oprimía un botón de la grabadora de audio.

— Gracias.

— ¿Cuál es su nombre completo?

— Leonor Sandoval Iturralde.

— Fecha de nacimiento

— 11 de abril de 1942.

— ¿Cuántos años tiene?

— 73.

— ¿Dónde nació?

— En Morelia, Michoacán.

— ¿A qué se dedica?

— Soy dueña de un par de joyerías que mi padre me heredó.

— Iré al grano. Un testigo aseguró haber visto a un hombre de manos y piernas muy largas y con joroba prominente, visitándola en repetidas ocasiones, —hizo una pausa y prosiguió—. ¿Conoció a Braulio Ortega?

— Sí, lo conocí hace mucho tiempo.

— ¿Qué edad tenía usted?

— Alrededor de treinta y cinco años.

— ¿Cómo se conocieron?

Leonor cerró los ojos por un momento, evocando aquella fecha:

— Una mañana, atraído por los framboyanes del jardín, Braulio entró a la zona residencial donde vivo. Aprovechó que las casas estaban dispersas y era un lugar solitario. Era joven y demasiado alto, no representó gran esfuerzo subir la cerca, y el vigilante solía llegar tarde. Cuando salí de casa, lo vi sentado bajo la sombra de un framboyán. Al verme, se alteró. Creyó que lo iba a reportar. Ese día surgió una relación especial entre él y yo. Dos o tres veces al mes, me visitaba. Conversábamos mucho. Jugar damas chinas era nuestro pasatiempo favorito.

El investigador, quien padecía un evidente problema de ansiedad, la interrumpió para preguntar:

— Dígame Leonor, ¿Braulio está enterrado en su domicilio?

— Quizá sepa que él tenía el síndrome de Marfan. Sus brazos, piernas y dedos de pies y manos eran desproporcionadamente largos. El esternón hundido, lo rellenaba con un pañal y se colocaba cinta adhesiva alrededor de la cintura para sujetarlo. Su curvatura en la columna hacia un lado era lo que él más odiaba. Su vista estaba dañada y no faltaría mucho tiempo para que su corazón empezara a mermar. No quería enfrentarse a una partida repentina. Decidió planear su muerte. Me pidió que cuando muriera lo enterrara en mi patio trasero. Las burlas, las miradas de incredulidad de la gente, lo habían hastiado. Estaba cansado de él mismo, y yo también.

— Explíquese Leonor, ¿usted de qué se cansó?

— Sí… me refiero a que me cansé de verlo sufrir.

— ¿Cómo se suicidó?

— Un día salí de casa. Cuando regresé, sabía que me enfrentaría a una trágica escena. Braulio se encontraba muerto en el lugar que él mismo cavó en el patio. Ingirió una gran cantidad de barbitúricos.

— El forense me informó que en el sótano de su casa hallaron fotografías de usted, de hace algunos años… Y efectivamente, descubrieron los restos de Braulio en el patio trasero. Leonor ¿por qué no están ahí los restos de las piernas?

Ella bajó la cabeza y no respondió.

El investigador se alteró y casi gritándole, preguntó:

— Por años he estado averiguando la desaparición de mi primo. ¡Dígame! ¡¿Hasta dónde fue capaz de llegar para dejar en el pasado su enanismo?!

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